El otro lado de la cinta de Moebius

mayo 6, 2006

Alejandra Boero

Filed under: Uncategorized — Carlos @ 10:19 am

Hay una cosa en el mundo que es la mirada..
Federico García Lorca

Los griegos consideraban que lo cierto en una palabra es su origen. La voz teatro viene del griego, significa mirar. También se suele decir con frecuencia el teatro del mundo. Andar viene del latín ambitàre, ambire, pasear. Ir de un lugar a otro dando pasos. Andamio tiene sus raíces en la palabra andar. Significa un tablado que se pone en plazas o sitios públicos para ver desde él alguna fiesta. Holgar hoy, mañana fiesta, buena vida es ésta, nos recuerda un refrán popular español. La mirada es testigo de una relación apasionada. La palabra querer es de la misma familia que inquirir. Etimológicamente significa buscar o preguntar acerca de algo o de alguien. En castellano buscamos, deseamos. La poesía conlleva la capacidad de subversión. El teatro también. Por eso Platón expulsa a los poetas de las ciudades.

El lenguaje congrega, comunica. La palabra poética es violenta contra el Poder, contra la palabra establecida por el Poder. La rigidez y la burocracia asfixia a la palabra. La cultura masificante desconfía, la conciencia del teatro es la conciencia de la crítica. El sistema empobrece la sensibilidad, la mirada. Olvida el origen. La cultura del Poder destruye el afecto, la risa, el silencio. La palabra crece desde el silencio, de lo íntimo. Emana del corazón, del júbilo, de la
resistencia. El teatro nos pone en contacto con los otros y con nosotros mismos. Es un embate contra lo fósil, contra la estrechez de nuestra época que desciende cada día un poco más a la monotonía y la estupidez. Es la degradación, un consumismo que tiraniza, un aplastamiento colectivo. No exige libertad, aventura, originalidad. El sistema no desea el desasimiento anárquico de pautas exteriores.

Alejandra Boero dijo: “Hay muchos que aman al Teatro. La cuestión es si el Teatro los ama a ellos”. Claro, para siempre. La civilización mercantilista lo entiende. Ella no es invisible o inaudible. Es una fuente inconsciente y solidaria que brilla en la creación auténtica. Dijo: “Demos batalla por la cultura nacional frente a la anticultura de los medios audiovisuales, que son de una perversidad increíble. Ésta es una lucha larga y el enemigo vela sus sables”. Sin clichés reduccionistas, con la mayor coherencia posible. Sin falsas urnas, sin mirada unilateral, lejos del nirvana de los zombies. Contra la rutina, que desfigura y sofoca. Frontalmente, desde lo emocional. Pensando, con lucidez.

Recordar, que también significa despertar, tiene relación con cordis, cordial, corazón. Hablamos de lo sensible, de la sangre, de lo vital. Mirarse a uno como en un espejo. Mirar por una persona, ampararla. Alejandra, femenino de Alejandro. Alejandro (del griego), el que ampara a los hombres.

El olvido es un agravio. Por eso viven León Felipe, Federico, Pablo, Quevedo. Por eso el poema, el conjuro, el elogio de la rebeldía. No nos interesan las apologías, el bronce, las banderas. Ni enunciados enfáticos ni epitafios con párpados celestiales. Sin dioses, sin amos, sin patrias. La palabra como exorcismo, como arma de futuro. Sin cortesías ni elegidos ni lutos. La rosa roja, entonces. La rosa roja. Sin duelo, desde el teatro, desde la vida, desde el escenario. En el amparo de la mirada.

Carecía de virtudes oficiales, de obscenidades oficiales. No se rodeó de impostores. Estaba entre sus contemporáneos, sus amigos de toda la vida, entre los jóvenes. Todos actores, una fauna mágica, irresponsable, bella. No miró nunca desde los transitados discursos, monótonos, ultrajantes. Sin figurones impávidos, sin codazos. Jubilosa, rebelde, apasionada. Elemental, como el fuego y el agua. Una ráfaga, una inscripción, un mojón más para seguir luchando. Inteligente, sin mansedumbre, sin oportunismo. Fervorosa, arrebatada. Bien. Obstinada, entonces, sin dobleces. Una rosa roja. Desde el origen, de la nada hacia la nada. Desde la ética y el combate. Desde la creación, entonces. Alejandra, la que nos ampara.

Carlos Penelas
Buenos Aires, 5 de mayo de 2006.
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